Hablemos de identidad
Cuando los docentes y alumnos de los profesorados de la Ciudad de Buenos Aires, se enteraron de la propuesta de unir todas las casas de estudio en una, muchas fueron sus preocupaciones: puestos de trabajos, planes de estudios poco claros; pero una de ellas destaca por su particularidad intrínseca, algo que sólo los años lograron construir y lo único que es señalado como una futura pérdida irremplazable: la identidad.
La identidad es definida, en términos generales, como la concepción y expresión que tiene cada persona acerca de su individualidad y acerca de su pertenencia o no a ciertos grupos. El rasgo que se considere decisivo para la formación de la identidad cambia según las culturas y periodos históricos.

Las instituciones educativas, precisamente por los procesos de socialización, son productoras de identidades, sean políticas, económicas, sociales o culturales. Todas ellas, unas más que otras, generan, en mayor o menor grado, identidades colectivas y sentidos de pertenencia.
Una variable muy importante para el logro de una identidad colectiva se refiere al estatus que la colectividad posee comparativamente con otras, con respecto a ciertos logros (nivel de vida, desarrollo humano, cultura reconocida, organización social adecuada, condiciones de vida notables, calidad democrática, poder, entre otros).
